jueves, 2 de junio de 2011

Crónica de lo cotidiano: Un blackberry-vicio (taller)



Son las 4:33 pm y nada. Han pasado 4 minutos y todavía la lucecita roja no titila en la pantalla. Igual espero y miro con atención el objeto que reposa sobre la mesa, mientras simulo estar haciendo otra cosa. Pero esto no es cierto porque con el rabito del ojo lo estoy viendo. Ese destello prende y se apaga en fracciones de segundos, lo que en ocasiones es engañoso y crea una ansiedad ridícula sobre todo cuando se está a la espera de un pin o un correo electrónico de importancia.

Lo vuelvo a mirar y esta vez presiono un botón del teclado. No confío en que realmente se haya encendido la bendita luminiscencia. Observo la hora, 4:43 pm, diez minutos adicionales y nada. Chequeo que tenga batería suficiente, y que la señal sea la óptima. Reviso nuevamente el chat: sé que el mensaje llegó a su destinatario y sé que lo revisó, pero me pregunto: ¿Por qué coño no contesta?

Me estreso y mi mente empieza a maquinar. Me hago preguntas o planteo situaciones hipotéticas: ¿Estará en una reunión?, ¿Será que perdió el interés? Debe ser que está muy ocupado. Mis cutículas empiezan a ser desgarradas en un verdadero acto idílico y salvaje que sólo se detendrá cuando la jodida luz roja se encienda o cuando me sangre el dedo. 

Cuántos no habrán echado de menos esos días ochentosos en que recibían llamadas en su Motorola Dynatac 8000x, un auténtico ladrillo analógico que pesaba 800 gramos y medía unos 33 centímetro de largo; 4,5 de ancho y 8,9 centímetros de grueso. Fue el boom del momento que permitió que las masas privilegiadas pagaran casi 4.000 dólares por un objeto cuya batería sólo daba para una hora de conversación.   

Ahora, por un aparato móvil de 10 centímetros de largo, casi 5 de ancho y 1 centímetro de grueso cuya pila durará más de una hora, las personas pagan menos de 600 dólares, convirtiéndolo en un vicio mucho más accesible. Venezuela, por ejemplo, compra el 70% de los dispositivos que se ofrecen en Latinoamérica y vende alrededor de 300 mil Blackeberries cada trimestre, la misma cantidad que demandaron los estadounidenses hace más de 20 años por el antiquísimo y prehistórico Motorola.

Son casi 27 millones de venezolanos, sin contar aquellos que lo adquieren mediante el cupo Cadivi, quienes comparten la angustia de la luz roja que no se enciende  y la señal que falla con regularidad. Da igual, es la moda y una necesidad. Por eso, no se le da importancia cuando es necesario ir al servicio técnico, hasta tres veces por semana esperando una cola de cien personas, sólo para arreglarle las manías; o cuando al conducir por la autopista es imperativo esconder el dispositivo cerca de los genitales por miedo a ser víctima de un robo o un homicidio. Porque sí es cierto, hasta tres homicidios semanales se han reportado por robar un “BB”. 

Luego de treinta minutos, la foto del fondo de pantalla del Blackberry me aburre y empieza a estresarme. Aprovecho la oportunidad de ocio para enterarme de las últimas notificaciones de Facebook, retwittear algún dato curioso y descargar las últimas actualizaciones. La luz de la pantalla se desvanece a los 10 segundos y aguardo para mirar las imperfecciones de mi rostro en el protector tipo espejo que compré en una minitienda por 50 bolívares. 

Lo dejo en reposo por un instante, espacio de tiempo para que el codiciado resplandor rojizo titilara en la parte superior derecha del móvil. No me percato inmediatamente, necesito 4 segundos para comprobar lo que mis ojos incrédulos ven. Estoy segura que es la respuesta al mensaje, por ello desbloqueo el teclado con rapidez. Pero el trackball se paraliza, la pantalla se torna blanca y justo en el medio con letras mínimas leo con desesperanza: reset.

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